Sinceramente fue un espectáculo de lo más vergonzoso, aunque hay que reconocer que fueron incidentes menores. Lo peor es que las previsiones se cumplieron, pues los protagonistas de estos actos fueron varios de los flamantes congresistas de Unión por el Perú – Partido Nacionalista. ¿Pero cuál qué originó el circo que se formó en el Legislativo? La incapacidad de la mayoría de parlamentarios para realizar el juramento al nuevo cargo.
Así de simple fue. La mayoría de nuestros mal llamados Padres de la Patria fueron incapaces de responder con un claro y consistente "Sí, juro". No, pues, ellos no pueden hacer eso. No importa que los próximos cinco años muchos de ellos lo pasen en el anonimato (aunque con puntualidad cobren su sueldo), este era el momento adecuado para cobrar algo de notoriedad, sin importar que su labor legislativa –al final de su gestión- vaya a ser nula.
El juramento se hace por Dios y por la Patria, pues creo entender que para la labor a la que ellos se están comprometiendo (por haber sido favorecidos por el voto popular) esos son los fines máximos ante los cuales responder. Y bueno, hay la posibilidad si es que el parlamentario no cree en Dios de jurar solo por la Patria.
Pero no. No quiero pues, no me da la gana. Yo quiero hablar, ¿entiende? Qui-e-ro-ha-blar. ¿Tengo micrófono abierto? Me está viendo todo el mundo. Puedo hablar. Yo hablo pues. Estoy en mi derecho, quiero hacer público el sentimiento que me embarga en este momento tan importante, es mi derecho pues señor.
Así pues los juramentos fueron por Dios, la patria, la región o departamento al que representan, su líder ideológico, el jefe del partido político, la familia, contra la corrupción, para luchar por la pobreza…
Por un momento me dio pena Carlos Torres Caro: además de ver su horrible peinado, varios de su ex partido se dieron el gusto de decirle –directa e indirectamente- que era un tránsfuga.
Felizmente tenía al lado a Martha Hildebrandt, quien fue la que decidió al final –desde su posición de conocedora del reglamento del Legislativo y como lingüísta- si es que el juramento era el adecuado o no. Entonces varios repitieron –hasta tres veces- el juramento. Uno no quiso jurar.
Finalmente, se mostró una terrible falta de coordinación cuando congresistas quechuahablantes quisieron (en todo su derecho) que se les tome juramento en su idioma y la Junta Preparatoria, que dirigía la ceremonia, no supo cómo actuar, con mucho nerviosismo y por momentos pecó de intolerante.
¿Será premonitorio? ¿Será este Congreso peor que el que se acaba de ir? ¿Será que los otorongos no nos dejarán tranquilos? No lo sé; espero que no sea así. ¿Qué piensas tú?
Foto: Diario Correo